El Lado Oscuro del “Coqueteo”: ¿Por Qué Hollywood Ignoró el Comportamiento de Katy Perry Durante Décadas?
Durante años, Katy Perry ha cultivado una imagen pública que es una mezcla perfecta de inocencia juguetona, excentricidad pop y una actitud descaradamente coqueta. Ha sido la chica de los vestidos de caramelo, la jueza divertida de televisión y la estrella de pop accesible. Sin embargo, detrás de esa fachada de “chica buena”, se esconde un patrón de comportamiento que, de haber sido protagonizado por un hombre, habría desatado un escándalo de proporciones épicas y cancelaciones masivas. Hoy, nuevas acusaciones y la revisión de incidentes pasados nos obligan a hacernos una pregunta incómoda: ¿por qué hemos permitido que Katy Perry cruce tantas líneas bajo la excusa de ser simplemente “divertida”?

El detonante más reciente de esta conversación es una acusación que parece sacada de una pesadilla. A mediados de abril de 2026, la actriz y DJ Ruby Rose hizo pública una experiencia perturbadora que, según ella, ocurrió hace casi dos décadas en el Spice Market, un conocido club nocturno de Melbourne. Rose, que entonces tenía poco más de 20 años, alega que Perry apartó su ropa interior y frotó sus genitales contra su cara mientras Rose descansaba en el regazo de una amiga. El incidente, según el relato de Rose, terminó con ella vomitando sobre la cantante. Es una imagen grotesca y una violación clara del espacio personal y el consentimiento. Aunque los representantes de Perry han calificado las acusaciones de “mentiras imprudentes, peligrosas y categóricamente falsas”, y se informa que la policía australiana ha iniciado una investigación, el relato de Rose no parece ser un caso aislado, sino más bien la punta del iceberg de un patrón de comportamiento preocupante.
Si retrocedemos en el tiempo, encontramos una serie de incidentes públicos que, vistos en retrospectiva, resultan sumamente incómodos. Quizás el más recordado y documentado sea su paso como jueza en el programa “American Idol” en 2018. Perry convirtió el acoso televisado en parte de su personaje. El caso de Benjamin Glaze, un concursante de 19 años, es emblemático. Glaze, un joven conservador, admitió frente a los jueces que nunca había besado a una chica porque estaba guardando ese momento para su primera relación. En lugar de respetar su límite, Perry lo llamó, le pidió un beso en la mejilla y, en el último segundo, giró la cara para besarlo en los labios. La reacción de Glaze fue de pura conmoción; cayó hacia atrás, visiblemente incómodo, e incluso pidió agua para recuperarse. Los otros jueces, hombres adultos, rieron y aplaudieron como si Perry acabara de lograr una gran hazaña. ¿Imaginan la indignación si un juez de 33 años hubiera hecho lo mismo a una concursante de 19 que quería reservar su primer beso? Hubiera sido el fin de su carrera. Perry, en cambio, enfrentó críticas mínimas y continuó en el programa.
Y no se detuvo ahí. Durante esa misma temporada, Perry hizo comentarios hipersexualizados a otros concursantes masculinos. Llamó a un chico de 18 años, Johnny Brens, una “cosita sexy” y sugirió que ella, como “cougar”, se lo comería vivo. Con Trevor Holmes, un trabajador de la construcción de 27 años, los comentarios sobre lo atractivo que era fueron incesantes, e incluso bromeó con connotaciones sexuales sobre sus “herramientas”. Cuando Holmes, quien tenía a su novia esperando fuera, pasó a la siguiente ronda y ella entró a felicitarlo, Perry salió corriendo en dirección contraria, una reacción inmadura que el programa usó como material promocional. Perry explotó su posición de poder no solo para incomodar a los jóvenes, sino para convertir su malestar en entretenimiento televisivo, todo con la complicidad de los productores y sus compañeros de jurado.
Pero el comportamiento inapropiado de Perry no se limita a jóvenes impresionables en concursos de talentos. En 2019, Joshua Clauss, el modelo y actor que protagonizó el video musical de “Teenage Dream” en 2010, reveló un incidente profundamente humillante. Según Clauss, dos años después de grabar el video, asistió a una fiesta organizada por el diseñador de vestuario de Perry. Al saludar a la cantante frente a un grupo de personas, Perry, supuestamente, le bajó los pantalones y la ropa interior, exponiendo sus genitales a todos los presentes. “Imagínate lo patético y avergonzado que me sentí”, confesó Clauss. Mientras él entraba en pánico, Perry simplemente se rió. Los defensores de la cantante intentaron desestimar la historia tachando a Clauss de fan obsesionado, pero su relato encaja perfectamente con el perfil de alguien que no respeta los límites ajenos y que cree que todo está justificado si se disfraza de “broma”.
La lista de celebridades que han experimentado la invasión del espacio personal por parte de Perry sigue creciendo. La presentadora de televisión rusa Tina Kandelaki la acusó de insinuaciones no deseadas y de tocarla inapropiadamente durante una fiesta privada. Incluso actrices consolidadas como Anna Kendrick han hablado de las actitudes invasivas de Perry con sorprendente ligereza. En una entrevista de 2014, Kendrick relató cómo Perry le metió los dedos en el escote durante los premios Grammy, describiendo la experiencia como “una noche extraña” y calificando a Perry de “agresiva”, aunque pareció restarle importancia. Es este nivel de normalización el que resulta verdaderamente alarmante.
Hay videos circulando en internet de Perry interactuando con fans menores de edad que son difíciles de ver sin sentir incomodidad. En uno de ellos, abraza a un Justin Bieber de 18 años, agarrándole el trasero y montándose sobre él, ante la mirada de su entonces novia, Selena Gomez. En otro, de alrededor de 2011, sube al escenario a un chico de 14 años llamado Robert. Al igual que con Glaze, Perry le pregunta si alguna vez lo han besado y luego le dice: “Sé que eres demasiado joven para entender el juego, pero cariño, cuando una mujer te besa, tienes que devolverle el beso”. Luego, le pide un beso en la mejilla y gira la cabeza para dárselo en la boca. En múltiples conciertos, Perry ha subido a hombres jóvenes al escenario, a menudo pidiéndoles que se quiten la camiseta e intentando besarlos, burlándose de ellos si se muestran incómodos.
¿Qué nos dice esto como sociedad? Revela un doble rasero profundamente arraigado. Cuando una mujer atractiva y exitosa tiene este tipo de comportamientos, tendemos a infantilizar la situación. Lo llamamos “coqueteo excesivo”, “personalidad arrolladora” o simplemente “una locura”. Asumimos, erróneamente, que cualquier hombre, sin importar su edad o contexto, debería sentirse halagado por la atención sexual de una estrella del pop. Ignoramos que el acoso, la humillación y la violación del consentimiento no tienen género. Un joven de 19 años en televisión nacional o un modelo en una fiesta pueden sentirse igual de paralizados, confundidos y violentados que una mujer en una situación similar.
Es crucial entender que el poder no solo se ejerce desde la fuerza física, sino desde el estatus y la influencia. Katy Perry ha utilizado su inmenso poder y su imagen inofensiva como un escudo para actuar con total impunidad. Ha transformado el cruce de límites en parte de su marca personal, y el público, los medios y la industria se lo han reído durante demasiado tiempo.

La era del “Me Too” nos enseñó a cuestionar los abusos de poder en Hollywood, pero parece que esa lección no se ha aplicado equitativamente. Las recientes acusaciones, junto con la montaña de evidencia gráfica y los testimonios de su comportamiento pasado, deberían obligarnos a reevaluar nuestra percepción de Katy Perry. No se trata de cancelar por cancelar, sino de exigir un estándar básico de respeto y decencia, sin importar quién sea la persona que está cruzando la línea. Es hora de dejar de reírnos de las “bromas” que humillan e incomodan, y empezar a llamar a este comportamiento por su verdadero nombre. La historia de Katy Perry es un recordatorio de que los depredadores no siempre tienen el aspecto que esperamos, y a veces, se esconden detrás de una sonrisa deslumbrante y una canción pegadiza.